Yo te doy y tú me das, así nos vamos acomodando hasta que quedemos todos contentos y muy satisfechos.

Una camarilla, con la anuencia del Ejecutivo, intentó montar una reforma constitucional que los favoreciese. Ante el rechazo nacional, salió el inquilino gratuito de la casa de Nariño a realizar objeciones al engendro promovido por él y su Ministro del Interior, ahora flamante Ministro de la Vivienda, (un sacrificado por crédulo: el doctor Esguerra Portocarrero). No podían correr riesgos para su popularidad pero están llorando sobre la leche derramada.

El bajón en caída libre del Presidente, el Congreso y las Cortes en la opinión nacional, es el resultado de la improvisación y del intento mediático de mantener una imagen favorable de un personaje funesto para la democracia. Manejar un país como si fuese una partida de póker es una afrenta a sus compatriotas y eso es lo que hemos estado observando desde el 7 de agosto del 2010. Lo hemos manifestado, nos han considerado monotemáticos pero quien quiera a Colombia, debe estar en un estado comatoso ante estas circunstancias tan penosas e inquietantes sobre el camino que estamos recorriendo. El socialismo del siglo XXI golpea de nuevo.

El rechazo casi unánime de la reforma constitucional, ahora en un limbo jurídico, para la administración de justicia empieza a ponerle el sol en la espalda un personaje funesto para el futuro de la democracia en Colombia.

Aumentar el período y la edad de jubilación a los magistrados, blindar a los congresistas y toda esa cantidad de beneficios que contempla esa reforma (no sé si hundida), para quienes están dentro de la cosa política, incluyendo en esta a los jueces y magistrados que olvidaron su majestad y supuesta imparcialidad, para convertirse en unos negociantes de prebendas, es muestra palpable que estamos atravesando uno de los períodos más peligrosos para la democracia en Colombia

Desde hace rato he venido afirmando que la mejor y tal vez la única manera de conseguir una normatividad equilibrada y justa para la administración de justicia es a través de una Constituyente que se dedique a estudiar este tema en toda su extensión.

Los congresistas actuales, con muy contadas excepciones, los magistrados y quienes han participado en esta inmundicia, deben renunciar a sus dignidades y presentarse ante los jueces como ciudadanos del común, para que los juzguen por delitos como el prevaricato, el abuso del poder y el dolo con el que quisieron conseguir beneficios personales aprovechándose de su investidura. Si tuviesen algún asomo de principios éticos lo harían, pero muy seguramente con el cinismo que acuñó un ingrato personaje, considerarán que actuaron correctamente.