Me invade un agudo dolor de patria. Me rompe el alma ver a unos soldados de Colombia siendo empujados, ultrajados, insultados por unos colombianos que no quieren cumplir la Constitución y las leyes.

Grupos de indígenas, abusando de las amplias concesiones que se les dieron en la Constitución de 1991, quieren ahora tener un territorio independiente donde no se cumplen las disposiciones legales de nuestro país. ¿Cómo es que armados de troncos con puntas empujan a nuestros soldados, los tumban, los insultan para exigir su retiro de parte del territorio colombiano?

Preocupado por los hechos, revisé la Constitución de Colombia para ver si fueron tantos los excesos que se cometieron al aprobar la Carta Magna, que le daba el derecho a un sector de nuestro pueblo para no acatar su mandato.

Me encontré lo siguiente: Artículo 96: “Son nacionales colombianos: …c) Los miembros de pueblos indígenas que comparten territorios fronterizos...”.

Como quien dice, no sólo los nacidos en nuestro territorio, sino que se extiende a los indígenas que habitan en territorios de otros Estados pero que comparten fronteras con los nuestros. Ellos, los indígenas, tienen que cumplir la Constitución y las leyes colombianas.

Y el artículo 330 dice: “De conformidad con la Constitución y las leyes, los territorios indígenas estarán gobernados por consejos conformados y reglamentados según los usos y costumbres de sus comunidades y ejercerán las siguientes funciones:

1) Velar por la aplicación de las normas legales sobre usos del suelo y poblamiento de su territorio”. No hay duda alguna que tienen que aplicar las leyes colombianas.

Y el Artículo 7 dice: “Colaborar con el mantenimiento del orden público dentro de su territorio, de acuerdo con las instrucciones y disposiciones del Gobierno Nacional”.

No es que puedan tener un ejército indígena y que puedan decir quiénes y cuáles funcionarios o representantes del Gobierno o de sus Fuerzas Armadas pueden estar en su territorio.

Ese espectáculo bochornoso que vimos me llenó de ira y me hizo admirar mucho más a nuestras Fuerzas Militares que, para evitar hacerles daño a quienes los agredieron, prefirieron una retirada, a pesar del apoyo de las leyes colombianas.

Claro que ese real apoyo legal se tropieza con las interpretaciones de nuestra justicia y con las presiones de algunos organismos internacionales.

No faltará un testigo guerrillero, paramilitar o de un grupo subversivo que acuse a nuestros soldados de haberse extralimitado en el procedimiento. Como dice el refrán: “es mejor prevenir que curar”.

Grave daño está haciendo ya esa prudencia que hay que tener para no caer en manos de falsos testigos.

Lo que ha ocurrido no es nada distinto de abrir el camino para el tráfico de droga hacia la costa pacífica. Un narcoguerrillero o paranarcotraficante o traficante del común, podrá pasar libremente por el corredor abierto en el Cauca haciéndose pasar por un pacífico campesino. Como no hay Fuerza Pública, pero sí subversivos camuflados entre los indígenas, esos enemigos de Colombia tendrán el camino expedito para conseguir lo que no pueden en presencia de la Fuerza Pública. Valiente la indígena Ana Silvia Secué, que fue capaz de destapar todo lo que pasa en los territorios de sus ancestros. Esa es la gente que necesita Colombia.