Este 'tsunami' apenas comienza. Los tres poderes quedaron mal parados. Cuando se renueven las sesiones del Congreso se empezará a saber en qué quedamos. Y para dónde seguimos.

Nadie sabe en dónde estamos parados. El desastre causado por los tres poderes constitucionales es difícil de asimilar. Son tantos los que pontifican sobre lo sucedido, tantos los Pilatos que se lavan las manos, tantos los que tratan de pescar en río revuelto, que para los legos en estas materias es imposible entender por qué pasó lo que está pasando. Por qué, un proyecto concebido "para fortalecer la seguridad jurídica, ampliar el acceso, descongestionar el aparato judicial, optimizar la gerencia y el manejo de la rama, reformar aspectos institucionales", como escribió en EL TIEMPO Germán Vargas, exministro del Interior y de Justicia, quedó convertido en un adefesio y terminó sepultado por los mismos congresistas que durante dos años lo debatieron. Debates que costaron 3.000 millones de pesos, dinero que perdió el país.

El presidente Santos, interesado en reformar la justicia, tuvo que venirse de afán del Brasil para frenar la publicación del texto final, verdadero adefesio, deformado por la mayoría del Congreso, con la honrosa excepción de 26 congresistas de diversos partidos. Aprobado con bombos el engendro, nadie notó la manada de 'micos' colgados por los "conciliadores", con ayuda de dos secretarios, que llevan décadas en el Capitolio devengando dietas, primas y bonos millonarios y que, gracias a los 'micos' que ayudaron a engendrar, mejoraron sus ingresos y su situación "profesional". También sacaron tajada quienes legislan en beneficio propio. Esos "honorables", cuyos nombres habrá que develar, le dieron tal bote a la reforma que, de haberse aprobado, les habría abierto las puertas de la cárcel a 1.300 acusados y las habría cerrado a congresistas culpables de 'parapolítica', de tráfico de influencias, de malos manejos de narcobienes, etc.

Por eso, la ira santa de la nación contra el Congreso, la rama más desprestigiada del poder público, responsable de destrozar la reforma de la justicia. A los presidentes de Senado y Cámara, Juan Manuel Corzo y Simón Gaviria, la ciudadanía los culpa de elegir malos "conciliadores" y de la irresponsable aprobación del texto final de la bendita reforma sin leerlo. De Corzo nada sorprende. Se lo recuerda porque, pobrecito, no le alcanzan las millonarias dietas que gana para pagar la gasolina de los carros que le da el Senado. En esta emergencia, él se fue para la China. Pero en París tuvo que devolverse para venir a acolitar el hundimiento de la reforma no leída.

A Simón Gaviria, autor de buenos proyectos, serio, pilo, trabajador, el placer del poder lo obnubiló. Elegido presidente de la Cámara y director del Partido Liberal, dos cargos al tiempo le quedaron grandes. Por el Partido Liberal no ha hecho nada, y lo bueno que ha hecho en el Congreso se eclipsó con su metida de pata. Ajeno a componendas y marrullas, usuales en el Congreso, y equiparado por un humorista a Valerie Domínguez, por firmar, sin leer, después de culpar al ministro Juan Carlos Esguerra de haber fallado, lideró el hundimiento de la reforma. Pero su imagen sigue afectada. Y los magistrados de las altas cortes también se enredaron con la reforma. La vetaron de arranque, pero influyeron para que el Congreso aumentara a 12 años su período laboral y prolongara a 70 años su edad de retiro.

Este tsunami apenas comienza. Los tres poderes quedaron mal parados. Se confirmó la inexistencia de los partidos y se manifestó el inmenso poder de la indignación ciudadana. Eso quiere decir que el camino del Gobierno será tortuoso. El Congreso, herido, hundió la reforma, pero luego atacó al Presidente y, en medio de gritos, impidió que el ministro Renjifo hablara en la Cámara. Y las encuestas marcan la baja de imagen del Presidente, del Congreso y de la Corte Suprema. El 20 de julio, cuando se renueven las sesiones del Congreso, se empezará a saber en qué quedamos. Y para dónde seguimos.

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