Eduardo Escobar El Tiempo, Bogotá, julio 11 de 2011 Los remezones históricos de los últimos meses dicen que la masa puede ser convocada para cosas más serias como cambiar la vida. Oí que los católicos mienten mejor que los luteranos y los latinos que los sajones, que una imagen vale por mil palabras, que los medios deben complacer a su público. Esto lo escuché incluso de productores de radio y televisión y directores de periódicos y revistas. Que a veces tropiezan con todo el mundo en la trampa del consenso sobre un montón de asuntos que nadie quiere revisar porque parecen resueltos. Aunque son como esa levantadora raída que se sigue usando, teniendo otra, a pesar del aspecto miserable que nos da. Eso trajo un paulatino empobrecimiento de los medios en lo farandulero y lo deportivo. Y por eso se ve la televisión que se ve y se oye la radio que se oye. Y hasta las emisoras culturales, las universitarias, las estatales y las privadas cayeron en el culto de lo populachero, que no es lo mismo que lo popular, y de los ídolos del departamento comercial que no coincide siempre con lo productivo. Más vallenato y menos Bach. Se expresó hace años una ministra de cultura. Los medios se limitan a reflejar la vida. Dicen. Pero esta no se reduce por fortuna a la ramplonería del ruido que atropella. Los expertos en el comportamiento de las masas, esa palabra socorrida entre panaderos, descubrieron hace tiempos que estas suelen mentir sobre sus intereses. Entre otras cosas porque no saben bien lo que les gusta ni qué quieren, así tomadas como un conjunto de puntos en una estadística. Ese monstruo que todos aspiran a seducir es omnívoro, dócil y despistado. Y, demasiado absorto en sobrevivir para formarse un criterio sobre la dieta que le conviene, desespera por una propuesta mejor que la basura que le prodigan. Los milagros de la tecnología, el sofisticado engranaje de las comunicaciones modernas, deberían asumir un papel constructor sobre la muchedumbre ávida de belleza y consuelo, pero sirven, en cambio, por seguir un prejuicio, a la pereza intelectual que induce el envilecimiento. Todo eso que corre entre los satélites nada aclara, aturde, y en vez de iluminar confunde. La gracia y la inteligencia, contra lo que suelen decir, no producen plata porque nadie le apuesta al caballo azul del mito. El buen suceso de los festivales de poesía y de teatro, de música profana y religiosa, de las ferias del libro y de las revistas bien escritas lo prueba. Sospecho que en la debatida crisis del periodismo del siglo XXI le va mejor al que mantiene la dignidad y asume el papel que le corresponde, cuando los púlpitos están tan desprestigiados que las iglesias paran en museos, y las escuelas y las universidades son convertidas a veces en campos de batalla con muertos e incendios. Muchas nociones parecen desvalorizadas hoy. Y, sobre todo, que existe un placer, más allá de los del libro de contabilidad, en servir a la sociedad que nos hospeda. Los remezones históricos de los últimos meses impulsados por las llamadas redes sociales en Europa y entre los pueblos de Mahoma dicen que la masa puede ser convocada no solo para el chucuchucu mansalvero, el chascarrillo procaz y el chisme de moda, sino para cosas más serias como cambiar la vida. Tal vez los domingos, esos días de otra luz que huelen a cama recalentada y a almojábana de autopista, son más difíciles de llevar desde que los diarios ya no traen esos suplementos de antes que permitían a la clientela, después de una semana embrutecedora de noticias rutinarias sobre los novios de la cantante de moda, la última borrachera de cualquier Diomedes, el futbolista sorprendido con un travesti en un hotel de Río y la grabación del último capítulo insulso de una telenovela, el consuelo del talento de una joven provinciana que escribe poemas, la crítica de un libro nuevo, el retorno de un filósofo muerto que no merece el olvido, que es peligroso olvidar, la invitación a una interpretación de las suites de Bach para violonchelo o a la nueva edición de una vieja plegaria de Miles Davis y un cuento de Akutagawa.