Un extranjero desprevenido que vea la prensa colombiana por estos días, diría que el país está inmerso en un caos social de proporciones mayores.

Las imágenes que aparecen a diario en los periódicos y noticieros son de encapuchados lanzando objetos a la Fuerza Pública, vehículos incendiados, vías bloqueadas y personas marchando en son de protesta por las carreteras del país.

Lo anterior conduce a las preguntas: ¿Tiene el Gobierno una disposición igual para dialogar con las guerrillas que con los sectores campesinos que hoy protestan? ¿Hay relación entre las protestas y los diálogos en La Habana?

Empecemos hablando del tema de la mala imagen que hoy generan las protestas para el país. Más allá de generar fotos aterradoras en los medios de comunicación y una sensación de caos y profundo malestar social, las protestas que hoy vive el país tienen efectos reales y nocivos sobre la economía.

Dice un reportaje de la Revista Semana que desde noviembre pasado cuando se produjo el paro del sistema judicial, hasta inicios de este año con los paros de estudiantes y cafeteros, el costo ha sido de no menos de 900.000 millones de pesos para el país, lo que equivale al 0,8% del PIB del primer semestre de 2013.

La anterior cifra no incluye el impacto en la economía de los paros actuales. Ya vendrá la resaca para las finanzas de Colombia cuando todo esto pase y sea cuantificado integralmente y en detalle.

Luego, encontramos la pregunta sobre la disposición del diálogo entre el Gobierno y los sectores que hoy se levantan. La pregunta no es si en medio de las protestas ha habido un diálogo efectivo, el cuestionamiento es: ¿Ha habido falta de diálogo previo a las protestas, y son estas en parte la consecuencia de un Gobierno centralista y desconectado de las regiones y su gente?

Parece irónico que el Gobierno que se precia de ser justo y moderno -como repite incansablemente el Presidente- sea quien hoy es tildado de incumplido con sus promesas y de ser solo de anuncios.

Esto último nos lleva a la reflexión final, sobre la relación entre protestas y diálogos de paz en La Habana.

Es claro que la intención de las guerrillas es debilitar y presionar al Gobierno por todos los frentes. Las diferentes protestas debilitan la imagen del Gobierno y lo llevan a un punto en donde debe mostrar resultados en algún aspecto para contrarrestar lo negativo.

Nada mejor que presentar resultados en La Habana para hacer contrapeso al desorden interno. El Gobierno debe corregir el rumbo y tender la mano a quienes realmente lo necesitan y endurecerla con quienes sólo buscan presionarlo para obtener resultados políticos.