El presupuesto de la Cumbre de Cartagena rebasó los límites de lo tolerable para un país que lidera los índices de inequidad.

El uso del erario requiere justificación acertada y sobriedad en el gasto. Con la Cumbre de las Américas no vimos ni lo uno ni lo otro.

Todo evento multilateral representa un desembolso extraordinario para el Estado anfitrión. Las reglas de la diplomacia internacional son, de por sí, ostentosas. Pero el presupuesto de la Cumbre de Cartagena rebasó los límites de lo tolerable para un país que lidera los índices de inequidad.

El informe de la Cancillería da cuenta de 62.029'440.000 pesos. A eso súmele las cifras reportadas por los demás ministerios y entidades del Gobierno (Ministerio del Interior, 139 millones de pesos; Ministerio de Cultura, 379 millones, Dirección Nacional de Inteligencia, 571 millones).

Del monto total de 63.256'790.000 pesos, unos 35 millones de dólares, solo se expendió en material reutilizable 2.637'420.000, menos del 5 por ciento. Lo peor es que esos 35 millones de dólares tampoco reflejan el presupuesto completo. Es necesario conocer todavía los aportes de la Alcaldía de Cartagena y la Gobernación de Bolívar.

Además de derrochador, el Gobierno se mostró poco transparente. El senador Robledo se ha puesto en la tarea de obtener una suma final. Pero la Presidencia se negó a entregarle los gastos incurridos por las Fuerzas Armadas y la Policía. La Dirección Nacional de Inteligencia, cuyas expensas son reservadas, presentó la información solicitada. ¿Por qué una simple cifra, sin discriminación por rubro, se mantendría secreta?

El gobierno de Colombia asumió actitud de nuevo rico. Basta una comparación. Según cifras del gobierno francés, la cumbre del G-20, el grupo de países más industrializados, con 33 jefes de Estado reunidos en Cannes en noviembre pasado, costó 28,5 millones de dólares.

Si se hubiese logrado algún éxito diplomático, hasta se podría haber avalado meterse la mano en el bolsillo de tal forma. Pero la aspiración de liderazgo regional de Colombia no se concretó.

Nada de esto preocupó a esta Cancillería. Quedó en evidencia que, para Colombia, la diplomacia multilateral no fue la razón de ser de la Cumbre.

Como primero en el listado de supuestos logros, la Cancillería enuncia: "La VI Cumbre de las Américas le deja al hemisferio un nuevo formato de cumbres tanto en lo político como en escenario de diálogo, y en lo mediático, por el costo-beneficio de la exposición internacional".

¿A qué legado se estará haciendo referencia? La discusión sobre el ingreso de Cuba se tomó la Cumbre; Estados Unidos y América Latina plantaron cada uno su bandera; la reunión terminó sin declaración; varios jefes de Estado no asistieron y el presidente Santos tuvo que ver cómo otros cuantos abandonaban el barco.

Páginas y páginas de informe, gráfico tras gráfico, describen el cubrimiento de los medios, ni siquiera de la Cumbre, sino del país.

Ni una palabra sobre las Américas y la posición de Colombia en ellas.

Casi la totalidad de las publicaciones y de tiempo de televisión sobre Colombia fue positiva, nos señalan. ¿Dónde habrán quedado las noticias sobre Dania y la otra Cartagena? En una semana, ¡solo 25 artículos sobre el conflicto!, celebra la Cancillería.

El país invirtió más de 7,2 millones de dólares en comunicación y prensa. "Si Colombia hubiera pagado servicios de free press y relaciones públicas internacionales para la publicación de las informaciones no negativas -nos explican-, la inversión hubiera sido de casi 150 millones de dólares". Al parecer, nos quieren convencer de que la Cumbre de las Américas resultó toda una ganga mediática.

Si la ambición del Gobierno para esta Cumbre se reducía a conseguir una buena imagen del país en los medios extranjeros, ¿qué habrá quedado de ella después de los atentados terroristas de ayer? Esa platica se perdió.