“…el caso de Colombia es ‘un fenómeno extraordinariamente interesante de psicología colectiva’, en el que ‘no vivimos en una democracia, pero asumimos que vivimos en una’ ". (Carlos Gaviria, Madrid, marzo de 2007)
Una encuesta sobre cultura política en Colombia realizada por el DANE en el 2007, entre quince mil personas mayores de edad de 24 capitales departamentales, dio como resultado que 34,7% cree que el país es democrático, el 55,24% piensa que es medianamente democrático y un 10,03% que no es democrático. A la pregunta sobre qué forma de gobierno les parece más conveniente para Colombia, el 78,26% respondió que la democracia, también un 63,58% dijo que la participación ciudadana es efectiva para la resolución de conflictos y un 59,58% afirmó que siempre vota en las elecciones a pesar de que un 68,52% manifestó no tener simpatías por un partido político. La encuesta trae más datos que pueden ser muy útiles a los estudiosos de los estados de ánimo, tendencias, percepciones y otras cuestiones que se engloban en la noción “cultura política”.
Los resultados de la encuesta fueron presentados y comentados en el portal internet de Caracol Radio y en otros programas al aire (17/03/09) de una manera que daba a entender que la democracia colombiana sale mal librada, así se ve en el titular “Apenas el 34,7% de la población cree que en Colombia hay democracia” y en el inicio del comentario “Mal librada, a juzgar por los resultados… salió la democracia colombiana que se precia de ser la más sólida y antigua del continente”. Si no fuese porque en Colombia la discusión tanto sobre si hay democracia o no, como sobre sus calidades en caso de admitirse que exista, es un asunto delicado que puede tener profundas repercusiones, no valdría la pena detenernos en la crónica en cuestión.
Para incitar el buen debate y evitar la tentación escapista y fácil de burlarnos de las preguntas y de las encuestas me remitiré muy brevemente a un estudio reciente sobre cultura política adelantado por distintas universidades y financiado por la Agencia Americana para el Desarrollo de los Estados Unidos que es aplicado en Colombia desde el 2004 por la Universidad de los Andes. El estudio (LAPOP: Latin América Public Opinión Project) trata de medir las percepciones que los habitantes de la región tienen sobre sus democracias, lo que entienden por democracia y su desempeño entre otros asuntos, en una perspectiva comparada. Los resultados del estudio que se hace sobre Colombia, las cifras y la interpretación de las mismas dan a entender que las gentes valoran medianamente bien sus democracias y que no son muy disonantes respecto de las que arroja la encuesta del DANE. Se reconoce que en todos los países existe un nivel de insatisfacción, de aceptación y de crítica promedio del cual hace parte Colombia. A Colombia, comparada con otras democracias del continente no le va tan mal. Veamos algunas de esas cifras: Los colombianos creen que el país es muy o algo democrático un 63,4%/2004, 62,1%/2005 y un 62,5%/2006. Para el 2006 un 49,1% cree que el país es algo democrático, un 24% muy democrático, un 21,7% poco democrático y un 5,1% nada democrático, es decir cerca del 70% piensa que Colombia es un país democrático.
El estudio LAPOP-USAID-U de los ANDES nos presenta los resultados en una dimensión comparativa, muy útil para evitar caer en apreciaciones localistas. Entre 15 países en los que se hace la encuesta, Colombia ocupa el quinto lugar, sólo por debajo de Costa Rica 71,4%, República Dominicana 70,5%, Jamaica 66,2% y Chile 64,6%. Colombia tiene 62,5%. La encuesta indaga por el nivel de satisfacción con las democracias y ahí Colombia ocupa el quinto lugar. El nivel de satisfacción de los colombianos con su democracia tiene la siguiente escala: muy satisfecho 4,6%, satisfecho 54,4%, insatisfecho 33,8% y muy insatisfecho 7,2% (para información más amplia y detallada, véase: Rodríguez-Raga Juan Carlos (U de los Andes) y Mitchell Seligson U de Vanderbilt), Cultura política de la democracia en Colombia. USAID, LAPOP, Bogotá, 2007.
La Organización de Estados Americanos publicó a fines del año pasado el estudio titulado Nuestra Democracia, producto de varios años de estudios y entrevistas realizadas por un equipo interdisciplinario que concluye que la democracia en Latinoamérica es deficitaria y acusa fallas protuberantes no sólo en el ámbito de lo que es la representación, sino también en lo que tiene que ver con el mejoramiento del acceso a las libertades, a la justicia y al bienestar material. Este estudio tiene la virtud de colocar la discusión en un plan de seria reflexión que no parte de la negación de la existencia de la democracia en la región conformada por 18 países, sino en el análisis que conducen a la identificación de sus aspectos deficitarios.
En lo que respecta a nuestro país, las cifras nos remiten a un debate de la mayor importancia académica y política al cual no podemos seguir sustrayéndonos. ¿Es Colombia una democracia o no lo es? Ya en anteriores reflexiones el historiador Eduardo Posada Carbó y yo mismo hemos coincidido en oponernos a la tesis del doctor Gaviria, incluso antes de que a él le fuera tan bien en las elecciones presidenciales de 2006 cuando la izquierda alcanzó la más elevada votación en la historia colombiana. ¡Paradojas de la democracia! la constitución del 91, la elección popular de alcaldes y gobernadores, la acción de tutela, la existencia real de la separación de poderes, la libertad de prensa, la realización de elecciones presidenciales a pesar de tantas amenazas y de tanta presión, de infiltración de los violentos y de dineros turbios de la mafia, que la izquierda democrática haya sacado la mejor votación de toda la vida y que sus dirigentes no estén siendo asesinados. Son hechos contundentes que hablan a favor de la existencia de una democracia en Colombia. Muy afectada, mancillada e infiltrada por poderes fácticos, amenazada por la violencia desenfrenada del crimen organizado, plagada de vicios, de politiquería, sí, pero, sobreviviendo.
Lo que me parece más grave en todo este debate es que se esté apelando a una argumentación que no sólo niega lo evidente, como evidente fue que el doctor Gaviria ocupó un estrado de la Corte Constitucional y que lo hizo con toda libertad, con ahínco, y con tanta valentía que despertó la admiración de una buena parte de la opinión ciudadana ya que pudo ganar apoyos para fallos bien polémicos que no serían explicables sino en el marco de una democracia. Y luego, en el 2002, candidato presidencial con todas las garantías y limitaciones comunes a todos los candidatos. El doctor Carlos Gaviria dictó una conferencia el 21 de marzo de 2007 en España que la Agencia de prensa EFE reseñó así: “En tono más serio, (el dr Gaviria) relacionó el respaldo popular del que disfruta Uribe a la “fatiga y el temor por la violencia abrumadora que padecemos desde hace mucho tiempo“, que ha permitido al presidente “cambiar justicia y equidad por una promesa de seguridad“. Eso ha significado “dar una carta blanca al presidente“, según Gaviria, para quien el caso de Colombia es “un fenómeno extraordinariamente interesante de psicología colectiva“, en el que “no vivimos en una democracia, pero asumimos que vivimos en una“. “Como si fuera democrático el Gobierno(S.M.) que nos rige“, dijo además que el problema de fondo, era ético, porque “la gran mayoría de los colombianos no parecen estar en posesión de un claro criterio distintivo de lo que es lo correcto y lo que es lo incorrecto, de lo que es lo bueno y lo que es lo malo”, afirmaciones en las que se pone en duda ya no sólo la democracia sino la idoneidad mental y el raciocinio de la mayoría de los colombianos.
En Colombia, según decía en tono de lamento el profesor Posada Carbó, existe una opinión ilustrada que tiene por oficio criminalizar a la nación, responsabilizar a la sociedad por todos los males y negar la democracia. La culpa colectiva es casi un deporte nacional. Estamos dispuestos a la autoflagelación como recurso para expiar las atrocidades que cometen unos cuantos. Se le da estatus de verdad científica a estereotipos y lugares comunes. Posada Carbó ilustra en detalle en su libro La nación soñada, el amargo y ácido contenido de las frases destiladas sin piedad por esa opinión ilustrada.
Me centraré en uno sólo de los asuntos tratados por el historiador barranquillero. El tema de la Democracia, no como noción teórica, tarea que corresponde a los filósofos, sino como sistema de gobierno que rige en nuestro país y que para muchos no es más que una gran mentira, una falsedad, algo que no vale la pena o cuando menos “letra muerta”. ¿Cómo podemos catalogar de democrática una sociedad atravesada por la exclusión social, la injusticia, la violencia y la carencia de los bienes esenciales de la civilización? Se pregunta esa opinión en la que hay poetas, intelectuales, columnistas, académicos y políticos de izquierda.
Se me ocurre continuar mi crítica a ese imaginario que desdice y trivializa nuestra democracia, recordando que este evento celebra los 20 años de la Constitución colombiana que estuvo mediada por el ambiente más democrático de que se tenga noticia en toda la historia colombiana. Nunca antes hubo una constituyente, que, no obstante el bajo porcentaje de votantes que la eligió, hubiese tenido un origen más democrático. Además, debo recordarles a todos uds que un evento de esta naturaleza no tendría lugar en el marco de una dictadura, si por ello entendemos el régimen político que no tiene fundamento en la voluntad popular y que no se expresa libremente a través del voto. Es decir, cuyo origen no es el sistema representativo.
Eso no quiere decir, claro está, que vivamos en una democracia idílica. En ninguna parte la democracia se propone la existencia de paraísos terrenales, ese es más bien el propósito de ideologías y fuerzas políticas extremistas que amparadas en utopías, han conducido a los pueblos a los mayores desastres humanitarios, económicos y al sacrificio de las libertades. Es cierto que no nos parecemos a Dinamarca o a Suecia o a Suiza, pero, tampoco a la Argentina de Videla ni al Chile de Pinochet ni al México del PRI, mucho menos a la Cuba de los Castro. Nuestra democracia no es perfecta ni completa, pero, políticamente tiene los rasgos esenciales de un régimen de tal naturaleza. Seamos más categóricos, digamos que los más férreos enemigos de esa democracia, risible para algunos opinadores, son los grupos armados ilegales de extrema izquierda y de extrema derecha que tratan de sabotear las elecciones, que amenazan y ordenan matar a alcaldes, concejales y líderes cívicos que no admiten sus designios o que son expresión del régimen que ellos combaten, grupos que practican el secuestro y la extorsión de los empresarios del campo provocando el éxodo forzoso y masivo de miles de hombres.
Entonces, mi planteamiento pretende, desde el ángulo del historiador, dar una mirada de corte histórico al tema de la democracia en Colombia. Me propongo mostrar algunos rasgos y momentos especiales que dan cuenta de su historicidad, es decir, de la consistencia tangible y política de los ensayos democráticos que han tenido lugar en el país.
Desde sus orígenes como nación, los representantes de la población a los distintos congresos constituyentes, elegidos de las formas más diversas y hasta extrañas, pero siempre con un ánimo de “representar”, asistieron a ellos con la pretensión de forjar instituciones democrático-liberales. República, democracia, separación de poderes, ciudadanía, libertades individuales, tolerancia religiosa, fueron conceptos y nociones que animaron los debates. En otras partes, la búsqueda de la identidad y de la nueva institucionalidad pasó por ensayos monárquicos, como fue el caso de México y Brasil. A lo largo del siglo XIX, los colombianos siguieron explorando en la invención del estado y las instituciones a través de una metodología no explícita que pudiéramos llamar de ensayo y error. Desde la forma del estado: centralista o federalista, desde el papel de la iglesia en la sociedad, desde la definición de los símbolos y emblemas, desde el tipo de educación y desde el nombre que le darían al nuevo país. Es cierto que hubo guerras civiles, pero no sólo eso, también hubo elecciones y hasta se ensayó, con poca fortuna, el sufragio universal varonil en 1857.
Es detectable una tendencia exagerada a hacer y cambiar constituciones con ligereza. Los errores y desaciertos, las terquedades y los intereses expuestos con brusquedad e irresponsabilidad, es lo que ha servido de base a quienes se refieren burlescamente a nuestro pasado, para presentarlo como una caricatura o como los años de la “patria boba” y califican la búsqueda del Orden y la Ley como parte de un enfermizo “fetichismo constitucional”. Los nuevos estudios que se están realizando en el marco de las celebraciones del bicentenario de la independencia y de la constitución gaditana, están sentando las bases de una nueva mirada que deja ver un entorno más complejo en el que es preciso tener en cuenta tanto los juegos de intereses reales entre regiones como también la inexperiencia de las elites políticas y la confusión respecto a los dilemas república-monarquía constitucional y hacer parte integral del imperio o independencia.
A la luz de una contrastación entre la pureza del concepto de democracia y la turbiedad de la realidad histórica probablemente no haya mucho de edificante en nuestro pasado. Pero, ¿acaso se les puede aplicar esa lógica a todos los países? ¿Qué sucedería si llegamos a ese punto con la historia del estado moderno?, ¿acaso hay algún país que pueda mostrar un recorrido impoluto, aséptico, lineal, ascendente y sin obstáculos? Por eso, los cultores de lugares comunes, la irreverente opinión ilustrada, que se refiere con desdén al “discurso veintejuliero” para ironizar a las elites independentistas, cometen un imperdonable error de ignorancia o pretenden enmascarar su ignorancia histórica con el desdén. Yo pienso, por ejemplo, que no es a la población a la que le falta sentido de pertenencia nacional sino a esa opinión ilustrada que tanto se duele y se avergüenza del pasado.
El intrincado camino de la democracia colombiana
Debemos reconocer que en nuestro país se viene ensayando la implantación del régimen democrático desde los albores de la república. El ideal democrático está presente en el pensamiento, en los escritos y en las leyes en diversos periodos de nuestra historia. Pero, carecemos de una historia que nos permita ver en detalle las vicisitudes del proyecto en cada coyuntura. Quizás esa sea una de las causas del predominio del simplismo histórico. Nuestra historia política no se desplegó como la de otros países alrededor de ideas monárquicas o de creación de regímenes dictatoriales como en Argentina, Bolivia, Centroamérica y Venezuela. No pretendo llenar el vacío en estas breves notas sino señalar el reto que tenemos los investigadores de abordar con seriedad, rigor académico y sin afanes el estudio de nuestra experiencia. Hay que hacerlo porque la noción de democracia no puede ser explicada como si se tratara de un concepto rígido o como un producto que es o no es. La democracia no es un objeto o un aparato que viene a las manos de los hombres con un manual de instrucciones. Es un régimen que presupone la imperfección, pensado sobre la base de la idea de la representación política para la formación del poder y la selección de los gobernantes a la luz del cambio o del reemplazo. Me referiré a varias coyunturas importantes del siglo veinte para mostrar el dinamismo, no siempre feliz, de la democracia colombiana.
Empezaré por la reforma constitucional de 1910 que estipuló la elección directa del presidente de la república por parte de los ciudadanos aptos para votar a partir de 1914. Aunque el voto siguía siendo censitario pues excluía a las mujeres, a los iletrados y/o desposeídos de renta y patrimonio, la manera de hacer política cambió drásticamente pues el aspirante a la primera magistratura se vio obligado a buscar al elector. La calle y la plaza cobraron dimensión política, el ciudadano salió a las calles a ver y a escuchar a los políticos, el entusiasmo y la pasión se hicieron visibles y la exhibición de banderas, emblemas, signos, cánticos y pancartas empezó a animar el ambiente de las campañas electorales. El cuadro que se presenta a continuación permite ver el salto cuantitativo en el tamaño del electorado entre el momento en que el presidente era elegido por un reducido cuerpo de delegados, escogidos a su vez de modo poco democrático y el momento de apertura. De ahí en adelante, la democracia colombiana ganó espacios, amplitud y legitimidad. El partido liberal y sus candidatos supieron aprovechar mejor que sus rivales históricos la nueva situación. Famosas fueron, por su novedad y por su acogida las campañas adelantadas por Benjamín Herrera en 1922 y por Enrique Olaya Herrera en 1930. Imposible no tener en cuenta la aparición de caudillos como Alfonso López Pumarejo y Jorge Eliécer Gaitán. López impuso un nuevo hito al aprobar el sufragio universal masculino mientras en la culta y democrática Europa las dictaduras de extrema derecha y de extrema izquierda propinaban un durísimo golpe a las democracias.
Cuadro
| 1898 |
Sanclemente: 1606
Samper: 318 |
Total: 2035 |
| 1904 |
Reyes: 994
Joaquin Vélez: 982 |
Total: 2269 |
| 1910 |
Restrepo: 23
Concha: 18
Quintero: 2 |
Votaron 43 delegados de Asamblea Constituyente |
| 1914 |
Concha: 295.511
Esguerra: 35899 |
Total: 331.410 |
| 1918 |
Suárez: 214.839
Valencia: 168.254 |
Total: 407.258 |
| 1922 |
Ospina: 413.619
Herrera: 256.231 |
Total 670.154 |
Democracia de papel, pantomima de democracia, democracia de cartón dice el filósofo Francisco Cortés, democracia formal, cuando menos, porque los más duros hablan de dictadura oligárquica. El libro de Diego Montaña Cuellar Colombia país formal país real fue un hito en la gestación de una forma negativa de mirar nuestro pasado y las instituciones que nos regían. Es la versión “negra” contra la versión “rosa”. Todo estaba en función de acomodar el juicio o lo que se quería presentar como una juiciosa caracterización, al esquema marxista según el cual la democracia no es más que la dictadura de la burguesía sobre el proletariado y las masas trabajadores bajo cuyo manto se quiere encubrir la realidad de explotación de estas por aquellas. ¡Cuánto hubo de luchar la vieja socialdemocracia europea para evitar que los viejos partidos comunistas amigos del leninismo y del estalinismo abandonaran o atenuaran esa percepción de la democracia y se atuvieran a las reglas del juego de la misma que otorgan ventajas indudables en la lucha política por el poder! Pero, ocurre que, con variados matices, las formaciones de la izquierda colombiana acuñaron esa visión desastrosa sobre la democracia colombiana. Se apoyaron en algunos defectos protuberantes como las restricciones incubadas durante el Frente Nacional y el abuso sistemático de la figura del Estado de Sitio para apuntalar su generalización.
No obstante, el pro soviético Partido Comunista de Gilberto Vieira, asumió el Frente Nacional como un respiro respecto de la situación vivida durante la dictadura rojista. Aunque en principio no podían participar en las elecciones, se las ingeniaron para arrimarse al MRL de López Michelsen y obtuvieron algunos escaños en los organismos de representación popular. Pero, un debate interno que se develaría trascendental a futuro, cobró fuerza en sus filas. Unos, acorde con la línea del vigésimo Congreso del PCUS que orientaba privilegiar la acción parlamentaria y la transición pacífica al socialismo, pregonaban la lucha cívica y legal; otros, seguían apegados a la idea de la vía armada para alcanzar el cambio. Liderada por Manuel Cepeda se impuso una solución intermedia: la combinación de todas las formas de lucha, fórmula que los dejaba con un pie en la legalidad y otro en la insurrección, con todos los equívocos y problemas que se podrían derivar de decisión tan salomónica. Las demás tendencias de la izquierda radical, legales e ilegales, cívicas o armadas, asumieron que en Colombia no existía una democracia respetable o que valiera la pena mantener. Participar en las elecciones se tornó en acto de mamertismo o flojera política, votar significaba “apoyar la tiranía”, pero igual, los que acudían a las urnas dejaban bien claro que lo hacían no porque creyeran en la democracia colombiana sino porque había que aprovechar todos los espacios concedidos por el enemigo burgués, para hacer proselitismo revolucionario y avanzar en la organización de las masas con vistas al asalto del poder. Las juventudes universitarias de los años setenta reciclaron el mensaje, la intelectualidad mayor también lo hizo y lo tradujo en sus obras y en sus estudios de tipo histórico, sociológico y antropológico. Ser intelectual o académico respetable no era aceptable si a la vez no se era de izquierda y si no se condenaba implacablemente al régimen político, régimen que daba a su vez pretextos para que esas imágenes se propagaran fácilmente.
El Frente Nacional facilitó el retorno gradual a la democracia. El partido comunista volvió a la escena pública y pudo presentar candidatos en listas de disidencias liberales, el sindicalismo, institución infaltable en cualquier democracia también recuperó su legitimidad. La CTCretomó vida y los sindicatos comunistas se agruparon en la CSTC. Multitud de sindicatos influenciados por una izquierda variopinta se agruparon en bloques independientes con ínfulas revolucionarias. La prensa circularía libremente y se forjaron nuevos partidos como la Anapo y el MOIR entre otros. Pero, el Frente Nacional fue el instrumento que permitió la superación definitiva de la confrontación sangrienta que sacudió al país entre los años cuarenta y cincuenta. Liberales y conservadores abandonaron definitivamente el uso de las armas para dirimir sus diferencias. Las restricciones de este régimen fueron transitorias aunque muy molestas como el abuso del estado de sitio. El posfrentenacional es una época llena de paradojas pues, mientras los grupos alzados en armas superaban su precariedad inicial y aparecían los tentáculos del monstruo del narcotráfico y del paramilitarismo, con el consecuente incremento de nuevas expresiones de violencia, el país prohijó un espacio de apertura política y de ensanchamiento de las instituciones democráticas. La figura más diciente de tal periodo es la elección popular de alcaldes. Aunque nadie ha hecho un balance sobre esta experiencia, podemos decir que ha significado la ruptura del dominio tradicional de los partidos históricos sobre el electorado y sobre las regiones y la emergencia de nuevos movimientos, partidos y tendencias. Si bien los grupos armados ilegales y el narcotráfico han afectado las prácticas políticas a través de formas coactivas y de cooptación corrupta, la experiencia en ciudades capitales ha sido bastante positiva en el sentido de que se han incrementado los mecanismos de control y participación ciudadana en la gestión de los asuntos municipales. Una buena señal a favor de las alcaldías populares se puede apreciar en las altísimas tasas de aceptación de la gestión de los alcaldes de las grandes ciudades, excepción hecha, claro está, del actual alcalde de Bogotá.
El mundo de la academia, de la intelectualidad y de la cultura fue copado por una visión hegemónica contraria a un régimen político considerado despreciable. La historia de Colombia fue objeto de burlas por parte de periodistas que se dedicaron a ridiculizar lo que se suponía era la verdad oficial. Se llegó al extremo de darle credibilidad académica a trabajos caricaturescos de Daniel Samper y Alfredo Iriarte. Si la llamada historia oficial era francamente insuficiente, elegíaca, facilista, parcializada y elitista, las otras historias abusaron de los clichés de la lucha de clases.
Según esa historia, en Colombia lo que hemos tenido es un remedo de democracia. Que seamos la democracia más antigua de América Latina es convertido en burla e ironía. Los partidos políticos, sustento de toda democracia, también son objeto de burla y se llega al extremo de negar que sus orígenes y desarrollos iniciales estuvieron impregnados por intensos duelos ideológicos y doctrinarios sobre las teorías del desarrollo, de la democracia, de los modelos de estado, de las relaciones entre estado e iglesia, del papel de la educación y la ciencia en el progreso de los pueblos, y un largo etcétera de temas objeto del debate de los caudillos del siglo 19.
Entre los jóvenes universitarios de los años 70 ideas como la de que Colombia fue gobernada siempre por una tenaza bipartidista contrapuesta a los intereses de la nación y del pueblo, hizo carrera hasta convertirse en dogma. Los aspectos negativos del Frente Nacional se extendieron y generalizaron sin beneficio de inventario y sin matices a toda la historia nacional. El paradigma de la lucha de clases explicaba todo, siempre y de la misma manera. O la no menos nefasta idea de que la historia del país estaba signada por la violencia que como un halo permanente iluminaba y determinaba todos y cada uno de los eventos de la historia política y social. De ahí nace la presunción intelectual que parte de una enemistad por principio de todo lo que aluda a Estado y Gobierno ya que nada ha cambiado y el país sigue dominado por un pequeño número de familias y de que en esta sociedad no ha habido lugar a la promoción ni al recambio ni a la renovación de la clase política. Se mencionan unos cuantos apellidos para sustentar tal axioma, pero, a la vez, se ignoran aquellos que demuestran la movilidad y la incorporación de nuevos cuadros a la dirección de los destinos del estado.
En la época del pos Frente Nacional estas lecturas si que han sido más dañinas que en el pasado. Se niega por ejemplo que Colombia, no obstante sus gravísimos problemas, ha avanzado en el campo de las reformas democráticas como ninguno otro del hemisferio. En cosa de pocos años el sistema se adecuó a las demandas de mayor democracia local y descentralización. Una nueva Constitución fue expedida en un ambiente de democracia nunca antes visto en el pasado nacional. Pero, buena parte de la intelectualidad siguió atrapada en los dogmas y esquemas y aunque hacia 1994 sus más destacados exponentes firmaron una declaración contra la violencia como método de lucha para alcanzar el poder y la justicia, con el paso del tiempo hicieron a un lado dicha declaración sobre la cual, de haberse realizado la debida insistencia, se le hubiesen restado argumentos a quienes se empeñan en el camino de las armas para cambiar las estructuras de la sociedad. Sin razones valederas y a pesar de la evidente degradación de la violencia por parte de todos los grupos ilegales, la intelectualidad, en su gran mayoría, en vez de reafirmarse en la declaración aludida, les dio oxígeno a los insurrectos al establecer una relación de causalidad ineludible entre la violencia y la situación de miseria e injusticia de las mayorías.
Finalmente, debemos hacer alusión a los cambios institucionales consignados en la Constitución de 1991. En ella no sólo se consignaron figuras muy importantes en la protección de los derechos fundamentales como la Acción de Tutela, sino también las que aluden a mecanismos que amplifican el carácter participativo como el referendo, el plebiscito, las acciones populares, el derecho de petición y las veedurías ciudadanas.
De esta manera, el principal y mayor esfuerzo de democratización que se puso en práctica desde 1987 con la elección popular de alcaldes, la reforma más significativa del último periodo, reforzado luego por la Constitución del 91, experimento sin par en la vida nacional, y por la elección popular de gobernadores, fue desestimado por ese discurso pesimista a ultranza, de escepticismo cuando no de oposición abierta a procesos de apertura que podrían representar una herramienta para encarar los problemas nacionales.
Sin embargo, los avances democráticos se han topado con fuertes obstáculos que amenazan su plena realización. La violencia de los grupos irregulares en los años noventa llegó a sus topes más altos en todo sentido. Uno podría dejarse llevar por la fácil tentación de calificar el texto constitucional como letra muerta. Lo que a menudo hacen políticos de tendencias y grupos interesados en irrigar una visión apocalíptica sobre el país. Uno de los problemas de tal mirada es que además de obedecer a un imperativo mediático y momentáneo, impide una visión que reconoce la tensión entre unas instituciones que son apreciadas por la opinión y unas fuerzas extremistas que tienden a matar la esperanza de un mañana más tranquilo, sosegado y democrático. La escalada de corrupción pública se revela con las características de un cáncer que hace metástasis y que dispara los indicadores de incredulidad en las instituciones.
La democracia colombiana sigue ensayando con variadas reformas del régimen electoral, se equivoca cuando cree que el voto preferente es la clave contra la corrupción cuando se ha demostrado todo lo contrario. Se resiste al voto electrónico y no obliga a los partidos a tener prácticas democráticas internas en la selección de sus candidatos.
Algunos intelectuales niegan nuestra democracia basados en la existencia de graves problemas de exclusión social y de injusticia. A ellos hay que responderles que en principio la democracia no se propone la resolución de las injusticias sociales sino que busca la formación del poder y de los gobiernos a través de mecanismos de representación. Aunque las democracias están obligadas a mostrar resultados para revalidar su legitimación ante la ciudadanía. La idea de una relación fatal, determinista y reduccionista que desconoce la democracia allí donde operan graves desigualdades e injusticias sociales conduce a la muerte de la tensión en que se desenvuelven los experimentos democráticos en el mundo. La democracia no es un producto acabado, no presupone la eliminación de las injusticias pero sí crea una atmósfera propicia y favorable para que la sociedad supere sus problemas más acuciantes. En tal sentido es que debemos entender la democracia como un procedimiento.
La noción de democracia remite a un conjunto de formalidades, de vivencias, de prácticas y de creencias e imaginarios que en su conjunto configuran la cultura política de un pueblo. Es tan importante que exista en la letra como en los hechos. Sin elecciones no hay democracia, pero no basta que las haya para determinar que hay democracia. Así que para establecer si un país es o no es una democracia no basta tener en cuenta únicamente la correspondencia o simetría entre las formas de participación y de representación y las condiciones sociales de existencia (una sociedad más igualitaria no es necesariamente más democrática, e igual, una sociedad con bajos niveles de satisfacción material y político habla mal de la democracia).
La democracia colombiana, en medio de sus deficiencias, es tan liberal y amplia, que hasta permite que agentes políticos declarados enemigos de la democracia en el plano teórico, como los comunistas y marxistas de diferentes tendencias que abogan por la dictadura del proletariado y por la combinación de todas las formas de lucha, participar de las contiendas electorales y tener posibilidad de ganar asientos en organismos de representación popular y en cargos del ejecutivo, o se les autorizan despliegues como el que hace poco realizaron unos activistas pro nazis en Bogotá. En el texto de orientación proselitista Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática de Lenin, es evidente el desprecio que sienten los marxistas por la que llaman “democracia burguesa”. Según Lenin y sus seguidores, la democracia debe ser utilizada como un trampolín o escalón para acceder al poder. Su crítica a los mencheviques era porque estos se quedaban en el plano reformista y no aspiraban a la instauración del dominio dictatorial de la clase obrera con su partido comunista. Así piensan los comunistas criollos, tanto los que se declaran abiertamente seguidores de la fe leninista como los enmascarados y los tardo-comunistas que se solazan en la diatriba contra la democracia colombiana a la que no le reconocen un ápice de credibilidad o de seriedad.
En Proceso y destino de la libertad el maestro Gerardo Molina, defensor de una versión democrática de socialismo, reflexionaba sobre si era justo y legítimo que los regímenes democráticos se defendieran del asedio de sus enemigos declarados que la utilizaban como medio para alcanzar sus fines liberticidas. ¿Debe la democracia permitir la libre expresión de movimientos declaradamente dictatoriales y la actividad proselitista de grupos fascistas, nazis y comunistas? ¿Debe tolerar movimientos que apelan a las armas para tomar el poder donde ella rige? Son inquietudes de gran calado que desafortunadamente muchos demócratas no saben responder. La ingenuidad y hasta el “buenismo” en política siguen haciendo estragos.
En síntesis, pienso que la democracia colombiana, a pesar de sus carencias y de sus disfunciones, es una democracia vital, móvil, cambiante. Pienso que nos falta caminar un buen trecho para alcanzar la madurez pero creo que esa madurez no depende única y exclusivamente de la solución de la pobreza, depende también de la superación definitiva de la violencia con fines políticos, de la cualificación de la participación ciudadana, de la elevación de los niveles educativos, del fortalecimiento de la sociedad civil, de claridad en la adopción de las reformas que aún deben hacerse y por tanto de persistir en el espíritu reformista que es el que nos ha evitado vivir la dolorosa experiencia de una dictadura.
La caracterización del régimen político colombiano es determinante a la hora de definir las tareas del momento histórico, esta es una enseñanza elemental del análisis político que no se puede echar en saco roto. Si de verdad se piensa que la democracia colombiana no es tal o que es en realidad una dictadura embozada o que es una caricatura de democracia, entonces carece de sentido la lucha por las reformas y la lucha legal para mejorar el orden de cosas existentes, sólo cabe la lucha armada revolucionaria que es la idea que pretende vender la guerrilla colombiana. La izquierda se ha equivocado diametralmente al reconocer todavía ideales sociales justicieros y legitimidad política a unas guerrillas degradadas.
El discurso deslegitimador de la democracia y de las instituciones puede llegar a ser tan dañino como la acción de aquellos grupos políticos que apelan a las armas sobre el supuesto de que es necesaria una revolución para alcanzar las cosas que el régimen niega u obstruye. Valga recordar que una característica de la democracia, vista en perspectiva dialéctica, es su capacidad de admitir el cambio y la reforma, mientras la dictadura, por esencia es inmodificable y se justifica a sí misma. Mientras la democracia es perfectible la dictadura es inalterable.
No puede adoptarse la misma táctica para enfrentar una dictadura que para vivir en una democracia. En la primera se confronta a fondo, se busca su derrocamiento, incluso puede ser legítimo apelar a las armas. En la segunda se debate, se propone, se critica y existe la posibilidad para que fuerzas alternativas accedan al gobierno a través de medios electorales legales y civilistas.
* Conferencia dictad en el evento "Una Carta para reinventar la democracia", organizado por las universidades de Antioquia, Nacional de Medellín y EAFIT con motivo de los 20 años de la Constitución de 1991.
DARÍO ACEVEDO CARMONA
Doctor en Historia por la Universidad de Huelva, España,
Profesor Titular y Director de los posgrados de Historia
Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.
Medellín, 25 de mayo de 2011