Cuando el liberalismo despierte, el elefante estará ahí como siempre ha estado.
Nunca en su historia el partido liberal había vivido una situación tan crítica. Electoralmente, para no referirnos a su lamentable postración ideológica cada vez más cerca a un matiz oportunista de izquierda, el liberalismo había logrado resultados tan magros como los obtenidos en las elecciones presidenciales de este año. Casi no alcanza el umbral requerido para la reposición de votos por dinero. Su candidato, Rafael Pardo, un hombre con cara de intelectual aburrido más que de político en campaña, no pudo vender la idea de que esta era la hora del liberalismo. Su brillantez y seriedad fueron opacadas por circunstancias insalvables. Para empezar, el samperismo le instaló un alfil mediocre como jefe de campaña, Juan Fernando Cristo, una figura gris y clientelista, que acabó con todas las posibilidades de presentar una campaña atractiva y convincente.
Los “grandes” jefes liberales, los ex presidentes Gaviria y Samper, en vez de aportar, restaron. Ellos, los principales culpables del fiasco liberal en los últimos veinte años, en vez de imprimirle alguna savia al árbol, se dedicaron a insistir en una propuesta más antiuribista que programática. Quedó constatado: el árbol seco no da flor, tampoco frutos. El liberalismo en manos de estos tristes tigres de papel no ha hecho más que caer a lo más hondo de un abismo sin fondo. Ideas cortas y mentes calvas es lo que abunda en una agrupación que sirve para posicionar a los hijos del uno y del otro. Esa es su gran conquista: prolongar la estirpe, pero no la del liberalismo de las jornadas heroicas, sino la de su apellido.
No más de 700 mil votos, la votación de Pardo queda en el registro de la historia electoral del liberalismo como el peor resultado desde que Olaya Herrera obtuviera el triunfo en 1930. Lejos, muy lejos, cubiertos por el polvo de los archivos y los años, ha quedado la herencia de grandes caudillos e ideólogos como Uribe Uribe, Benjamín Herrera, López Pumarejo, Jorge Eliécer Gaitán. Entre los últimos que vale la pena recordar están Alberto Lleras, en menor medida su primo Carlos Lleras y el último, Luis Carlos Galán, que perdió la batalla ideológica con la vieja maquinaria y su vida ante el desafiante narcoterrorismo, incontenible durante el gobierno de un liberal ya casi autista.
Lo que vino después no es sino tragedia, inopia intelectual, humillación ante el gamonalismo e infiltración del narcotráficoGaviria, un suertudo, se topó con la presidencia en el sepelio de Galán. Samper, hombre sin escrúpulos, le vendió el alma al diablo y se dedicó cuatro años a defenderse y a no gobernar. Durante su mandato tres Contralores y tres Procuradores fueron a parar a la cárcel por nexos con las mafias. El país entero y todas sus instituciones estuvieron a punto de sucumbir a la arremetida de paramilitares y guerrilleros desbocados.
De ahí en adelante, el liberalismo no ha podido encontrar un nuevo rumbo, ni siquiera con la adhesión a una transnochada socialdemocracia cuyos principales exponentes, Samper y Piedad, sólo lo han llevado al peor de sus hundimientos. Serpa fue el último intento de caudillo de vieja estirpe, pero el desprestigio de su mentor lo perjudicó sin clemencia. Otros de talla menor se guarecieron en las toldas de un Uribe incontenible y disidente. Ahí vivieron el chaparrón de la llamada “parapolítica” cuyos principales acusados cometieron sus condenables alianzas en épocas de Samper y Pastrana.
Este es el cadáver insepulto que Gaviria, el suertudo, y Samper, el inescrupuloso con alma de cómico, les dejaron a los liberales manzanillos y de corto vuelo como Cristo, Velasco y Rivera, que asoman sus vergüenzas y sus narices como si nada tuvieran que ver con el desastre electoral en las presidenciales de mayo y junio.
Pero, se les apareció la virgen y san José que los sacaron del ataúd. Comprobándose la máxima de Maturana “perder es ganar”, aprovecharon el llamado santista a la Unidad Nacional, entraron y asumieron no como la quinta votación presidencial sino como triunfadores en las elecciones. Reparten dobles y mandobles a doquier y hasta se dan el lujo, en connivencia con los varguistas de Cambio Radical, de echarle el agua sucia al uribismo y al partido de la U, el del presidente Juan Manuel.
Y ahora se nos dejan venir con la propuesta de unidad con Cambio Radical, el mismo del manzanillo perfumado Varón Cotrino, sin mediación de debates sobre cuestiones programáticas e ideológicas, sólo para convertirse, según Cristo, en la principal fuerza política de la coalición, con el inconfesado objetivo de enemistar a la U con el presidente Santos y de des-uribizar el gobierno.
Tendremos, pues, un proceso de unidad entre el hambre y la necesidad, sin consideraciones éticas, sólo para hacer, según sus jefes, “mayoría” e imponer sus proyectos sin tener en cuenta al conservatismo y a la U. Y en la sombra de este proceso emerge la figura siniestra de un elefante que se resiste a desaparecer y que con todo el cinismo posible, pretende señalar el rumbo correcto de la nación, sin que Vargas Lleras se inmute al declinar su rebeldía disidente porque con tal de ser presidente, poco le importa serlo con apoyos impensables tan sólo unos cuantos años atrás. ¡Dios nos guarde, amén!
Darío Acevedo Carmona Blog Ventana Abierta, Medellín Diciembre 16 de 2010














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